Filosofía de la educación

El ser del mundo era eso precisamente, una experiencia de otredad extrema en donde todo podía ser posible cuando la existencia propia se difuminaba, abriéndose hermenéutica hacia el infinito. Ahondemos en ello, en las consideraciones siguientes.

Filosofía y educación eran, en aquella época dorada de la cultura, una misma vivencia vertida en dos discursos. Dos vías de comprensión que con el tiempo se distanciaron intelectivamente, pero nunca en la experiencia intuitiva de lo real.

La naturaleza de la enseñanza

Filosofar era un acercamiento minucioso al mundo, desde el interior del dia-logos gestador de sentido; por otra parte, educar era como un alejamiento intelectual voluntario de la realidad, a fin de contemplarla como un todo racional y sistematizado.

Es tiempo quizá de volver a unir lo paralelo, lo dispuesto en una escisión que acaso explique el devenir entero de occidente como cultura del cogito: atreverse, pues, rectificar más que tecnificar nuestra relación con el ser profundo del mundo, para profundizar un tanto nuestro- humano demasiado- mundano ser.

La enseñanza de lo natural

Valdría la pena proyectar una educación más acorde con la manera en que la filosofía se transmitía en los tiempos gloriosos de la paideia griega. Un planteamiento así ponderaría más la comunicación oral que la escrita, en el espacio de las aulas. La sociedad respira, es una entidad plena de vida, en permanente trasformación: en un transformar perfectible; y que si bien no evoluciona hacia ninguna culminación certera, si perdura, y solo así, en una continua dinámica en la que se juega, se gesta.

La educación escolarizada es un pulmón de entendimiento, comprensibilidad, y civismo, es decir, esencialmente se orienta a una sensibilización acerca del mundo humano y sus valores fundamentales. Como la metafísica, la educación, desde su filosofía, tiene más de amor que de saber, es un saber amar al mundo, un reificar sin objeto, inspirado y arrepentido.

La filosofía de la educación tiene la tendencia axiológica de una despedida que nunca culmina: un revalorar como todo cada cosa, en el último instante, como si fuera el primero, y nunca siempre.

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