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El código del vestuario

Escrito por Ruth / 25 de septiembre de 2008

Las prendas que uno lleva ayudan a identificar cómo somos o lo que hacemos. El vestuario es una forma de expresión corporal equiparable al maquillaje o el peinado que elegimos, y en función de nuestras creencias, preferencias o simplemente por el trabajo que realizamos debemos adaptarnos a ella tanto como ella a nosotros.

La forma de combinar nuestra ropa, sus colores, el estilo… es la forma que tiene nuestro espíritu de manifestarse de una forma física al mundo. Habla por nosotros de nuestros gustos y tendencias y aunque, en muchas ocasiones, no nos queda más remedio que llevar determinadas prendas, es el distintivo corporal que nos diferencia de un grupo y nos integra en otro el que valoramos.

Con ellas tratamos de encontrar nuestra identidad como individuos y su evolución, a lo largo de nuestra vida, abarca tantos perfiles que no conseguimos definirnos en ningún estilo hasta bien entrada una edad… y aun así muchos siguen sin conseguirlo.

Otros caminos y otras necesidades
Creo que podemos coincidir al pensar que las culturas orientales siempre han sido más conservacionistas y, si queremos llamarlo así, más fieles a su vestuario y ornamentación tradicional que los occidentales. Pero muchos de las generaciones jóvenes que están subiendo (véase el ejemplo de los cosplayers japoneses), empiezan a romper con esas pautas conservadoras para sumarse a la experimentación con sus looks y a intentar plasmar, con ayuda de su vestuario, la esencia de lo que son y lo que guardan dentro.

Caso a parte son las determinadas ocasiones en las que nos vemos obligados a vestir de una manera distinta de la que tal vez haríamos nosotros a nuestro libre albedrío. Cuando trabajamos o estamos en determinados contextos o situaciones, el código de vestuario deja de ser personalizado para pasar a ser pactado y estandarizado, los bien llamados uniformes son las vestimentas acordadas.

Todos los cocineros llevan prendas blancas y almidonadas con gorros altos y delantales; los guardias galeses todos vestidos iguales con sus sombreros de piel de oso y sus chaquetas rojas; los sacerdotes cristianos, con sus largos hábitos negros hasta los pies y el alzacuellos blanco… un largo etcétera que podríamos seguir listando sobre profesiones y caracteres que unifican a éstas, para distinguir los grupos y dar una pista en sociedad de qué somos y a que dedicamos nuestro tiempo.

La historia transcurre de modos dispares
Desde el principio de los tiempos, muchas de estas prendas distintivas se han conservado de generación en generación: sociedades primigenias como la tribu de los kaiapo (una tribu de la amazonía brasileña) conservan la tradición de adornarse la boca con grandes círculos de madera que insertan en sus labios o la cultura musulmana conserva el burka en el atuendo cotidiano de sus mujeres como una muestra de su estado social. Esto ha provisto de buena salud a sus raíces y ha dotado de una fuerte identidad a sus culturas.

En contraste, sociedades como la europea o la americana (por citar alguna) empezaron a mezclar estilos y tendencias que impregnaron de impurezas la esencia de sus tradiciones pero que, como alquimistas, consiguieron enriquecer su cultura renovada inyectando una dosis de progreso que nunca está de más y siempre evoluciona.

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