Tal y como la filosofía, el valor profundo de la educación puede ser identificado en su capacidad de motivar incertidumbre.
El valor de la incertidumbre
El conocimiento es una forma de acercarse a la realidad con el fin de delimitarla y aprovechar sus posibilidades de modificación para el fomento de la vida. Pero a fin de que no se detenga en eso la experiencia de lo humano, es preciso aventurarse en lo desconocido y especular sobre sus ilimitadas posibilidades.
El hombre sin educación se desenvuelve en un mundo conformado de prejuicios y creencias, sofocado por una visión utilitarista de la existencia. La educación es una vía ideal para escapar de esa prisión de sombras y abrirse a la inmensidad del universo.
La educación y su crisol de felicidad
Ante la incertidumbre y la duda, provocado en lo que se nos presentaba como inalterable, común y corriente, brota limpio y libre el deseo por aprender. Y así como Russell pondera la capacidad de la filosofía para sugerir plurales opciones de pensamiento que amplían la inteligencia y nos hacen escapar de la dictadura de la costumbre, así igual la educación nos obsequia un visión dinámica de esas mismas alternativas de pensar.
La educación es complementaria a esa apertura de mundo que nos proporciona el asombro, al hacernos patente que las cosas no tienen que ser obligatoriamente como las comprendemos, sino que es posible interpretarlas, conocerlas, de innumerables maneras. Educar puede ser también contemplar con admiración, asombro, respeto y curiosidad inagotable la majestuosisas de los objetos del cosmos.
Sólo en la educación podremos ser capaces de evadir la pobre existencia de quien vive presa de sus instintos y sus intereses mezquinos. La vida de quien aprende y enseña es serena, libre y orientada a la felicidad.
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